Diferencias entre artritis y artrosis: comprensión profunda, diagnóstico correcto y estrategias reales de prevención y manejo
En el lenguaje cotidiano, artritis y artrosis se utilizan de forma indistinta para describir cualquier dolor articular, rigidez o limitación de movimiento. Esta confusión no es trivial. Conduce a diagnósticos tardíos, tratamientos inadecuados y, en muchos casos, a una resignación injustificada ante el dolor crónico. Desde una perspectiva médica y fisiopatológica, artritis y artrosis no solo no son lo mismo, sino que responden a mecanismos completamente distintos, afectan a perfiles de pacientes diferentes y requieren estrategias de abordaje también diferentes.
Comprender con precisión qué es la artritis y qué es la artrosis no es un ejercicio académico, sino una necesidad práctica. La artrosis es una enfermedad degenerativa de evolución lenta, relacionada con el desgaste del cartílago y con factores mecánicos, metabólicos y de envejecimiento. La artritis, en cambio, es un término amplio que engloba enfermedades inflamatorias articulares, muchas de ellas de origen autoinmune, sistémico y potencialmente agresivo si no se tratan a tiempo. Confundirlas implica, por ejemplo, tratar una enfermedad inflamatoria con simples analgésicos o asumir que un proceso degenerativo inevitable no puede ser modulado.
Este artículo aborda ambas patologías con el máximo rigor posible, explicando su base biológica, su expresión clínica, su diagnóstico, su evolución y, especialmente, qué se puede hacer hoy, con evidencia científica, para prevenirlas, ralentizarlas o manejarlas de forma eficaz.
Qué es la artrosis: una enfermedad degenerativa, no simplemente “desgaste”
La artrosis, también denominada osteoartritis, es la enfermedad articular más frecuente en el mundo y una de las principales causas de dolor y discapacidad en personas mayores de 50 años. Tradicionalmente se ha descrito como una enfermedad de “desgaste”, pero esta definición es incompleta y, en parte, errónea. La artrosis no es solo el resultado del uso repetido de una articulación, sino un proceso complejo en el que intervienen factores mecánicos, biológicos, metabólicos e inflamatorios de bajo grado.
Desde el punto de vista anatómico, la artrosis se caracteriza por la degradación progresiva del cartílago articular, el tejido que recubre los extremos de los huesos y permite un movimiento suave y sin fricción. A medida que este cartílago pierde grosor, elasticidad y capacidad de amortiguación, el hueso subcondral se remodela, aparecen osteofitos o “picos de loro”, se altera la biomecánica de la articulación y se genera dolor. Este proceso no ocurre de forma homogénea ni inevitable. Existen personas muy activas que nunca desarrollan artrosis clínicamente relevante y otras con vida sedentaria que la padecen de forma precoz.
La artrosis afecta con mayor frecuencia a las rodillas, las caderas, la columna vertebral, las manos y, en menor medida, los hombros y los tobillos. Su prevalencia aumenta con la edad, pero no es exclusiva de personas mayores. Lesiones previas, obesidad, alteraciones del eje articular, debilidad muscular, factores genéticos y enfermedades metabólicas como la diabetes influyen de forma decisiva en su aparición y progresión.
Qué es la artritis: inflamación articular con múltiples causas posibles
El término artritis no designa una sola enfermedad, sino un conjunto de más de cien entidades clínicas caracterizadas por inflamación articular. A diferencia de la artrosis, la artritis no es un proceso degenerativo primario, sino inflamatorio. Esto significa que el sistema inmunológico, ya sea de forma localizada o sistémica, desempeña un papel central en el daño articular.
La forma más conocida es la artritis reumatoide, una enfermedad autoinmune crónica en la que el sistema inmunitario ataca la membrana sinovial que recubre las articulaciones. Este ataque genera inflamación persistente, dolor, hinchazón, rigidez matutina prolongada y, si no se controla, destrucción articular irreversible. Otras formas relevantes son la artritis psoriásica, asociada a la psoriasis; la espondiloartritis; la artritis gotosa, causada por el depósito de cristales de ácido úrico; y la artritis séptica, de origen infeccioso.
La artritis puede aparecer a cualquier edad, incluso en la infancia, como ocurre en la artritis idiopática juvenil. A menudo se acompaña de síntomas sistémicos como fatiga intensa, fiebre baja, pérdida de peso o afectación de otros órganos. Este carácter sistémico es una de las grandes diferencias con la artrosis y uno de los motivos por los que un diagnóstico precoz es crítico.
Diferencias fisiopatológicas clave entre artritis y artrosis
Para entender por qué estas enfermedades se manifiestan de forma tan distinta, es necesario analizar sus mecanismos internos. En la artrosis, el proceso comienza con una alteración del equilibrio entre síntesis y degradación del cartílago. Los condrocitos, células responsables del mantenimiento del cartílago, pierden su capacidad de reparación y aumentan la producción de enzimas degradativas. Esto se acompaña de una inflamación de bajo grado, localizada, que no es el motor principal de la enfermedad, sino una consecuencia del daño estructural.
En la artritis inflamatoria, en cambio, el proceso se inicia en el sistema inmunitario. Células inmunes activadas infiltran la articulación, liberan citocinas proinflamatorias como el factor de necrosis tumoral alfa o la interleucina-6, y generan una inflamación persistente que destruye cartílago, hueso y tejidos periarticulares. El daño no es consecuencia del uso mecánico, sino de una respuesta inmunológica desregulada.
Esta diferencia explica por qué la artrosis suele doler más con el movimiento y mejora con el reposo, mientras que la artritis inflamatoria genera rigidez intensa tras periodos de inactividad y dolor incluso en reposo, especialmente por la noche y al despertar.
Tabla comparativa general entre artritis y artrosis

Diagnóstico: por qué no basta con una radiografía
El diagnóstico correcto de artrosis y artritis requiere una combinación de historia clínica detallada, exploración física, pruebas de imagen y, en muchos casos, análisis de laboratorio. En la artrosis, las radiografías muestran estrechamiento del espacio articular, osteofitos y cambios en el hueso subcondral. Sin embargo, la correlación entre imagen y síntomas no siempre es directa. Hay personas con cambios radiológicos importantes y poco dolor, y otras con dolor significativo y cambios mínimos.
En la artritis inflamatoria, las radiografías iniciales pueden ser normales. Aquí adquieren especial importancia los análisis de sangre, que pueden mostrar marcadores de inflamación elevados, autoanticuerpos específicos y alteraciones inmunológicas. La ecografía y la resonancia magnética permiten detectar inflamación sinovial precoz y daño estructural antes de que sea visible en una radiografía convencional.
Un error frecuente es etiquetar cualquier dolor articular en personas mayores como artrosis sin un estudio adecuado. Este sesgo diagnóstico retrasa el inicio de tratamientos modificadores de la enfermedad en artritis inflamatorias, con consecuencias irreversibles.
Qué se puede hacer en la artrosis: prevención real y manejo basado en evidencia
Aunque la artrosis no tiene cura en el sentido clásico, sí es una enfermedad altamente modulable. La prevención y el manejo eficaz comienzan mucho antes de que aparezca el dolor. Mantener un peso corporal adecuado es una de las intervenciones más potentes, especialmente en artrosis de rodilla y cadera. Cada kilogramo de peso adicional multiplica la carga mecánica sobre estas articulaciones.
El ejercicio físico es una herramienta terapéutica central. No cualquier ejercicio, sino programas que combinen fortalecimiento muscular, especialmente del cuádriceps y la musculatura estabilizadora, con trabajo de movilidad y control neuromuscular. El ejercicio no “gasta” la articulación; al contrario, mejora la nutrición del cartílago y reduce el dolor a medio y largo plazo.
Desde el punto de vista farmacológico, los analgésicos y los antiinflamatorios no esteroideos pueden ser útiles para el control sintomático, pero no modifican la progresión de la enfermedad y no están exentos de riesgos, especialmente en uso crónico. Las infiltraciones intraarticulares, tanto de corticoides como de ácido hialurónico, pueden aliviar síntomas en casos seleccionados, aunque su efecto es limitado y variable.
En fases avanzadas, cuando el dolor y la limitación funcional son severos y refractarios al tratamiento conservador, la cirugía de reemplazo articular puede ser una opción eficaz, con tasas de éxito elevadas cuando está bien indicada.
Qué se puede hacer en la artritis: la importancia crítica del tratamiento precoz
En la artritis inflamatoria, el objetivo no es solo aliviar el dolor, sino controlar la inflamación y evitar el daño estructural. Aquí, el tiempo es un factor decisivo. Existe una “ventana de oportunidad” en los primeros meses de la enfermedad en la que un tratamiento adecuado puede inducir remisión o, al menos, frenar de forma significativa su progresión.
Los fármacos modificadores de la enfermedad, como el metotrexato y otros agentes inmunomoduladores, son la base del tratamiento en muchas formas de artritis. En casos más agresivos o refractarios, los tratamientos biológicos han supuesto una auténtica revolución, permitiendo controlar la enfermedad en pacientes que antes evolucionaban hacia la discapacidad.
El tratamiento farmacológico debe complementarse con ejercicio adaptado, educación del paciente y control de factores de riesgo cardiovascular, que están aumentados en muchas artritis inflamatorias. A diferencia de la artrosis, el reposo prolongado empeora la rigidez y la función en la artritis.
Tabla comparativa de estrategias de prevención y manejo
| Aspecto | Artrosis | Artritis |
|---|---|---|
| Prevención primaria | Control del peso, ejercicio, evitar lesiones | No siempre posible |
| Papel del ejercicio | Fundamental y terapéutico | Fundamental y adaptado |
| Tratamiento farmacológico | Sintomático | Modificador de la enfermedad |
| Importancia del diagnóstico precoz | Moderada | Crítica |
| Riesgo de discapacidad | Progresivo y variable | Elevado si no se trata |
Conclusiones
Artritis y artrosis no son sinónimos ni variantes de un mismo problema, sino enfermedades distintas con causas, mecanismos y abordajes radicalmente diferentes. La artrosis es un proceso degenerativo complejo, influido por factores mecánicos y metabólicos, que puede prevenirse y manejarse de forma eficaz con estrategias adecuadas de estilo de vida y tratamiento conservador. La artritis, por su parte, es un conjunto de enfermedades inflamatorias potencialmente graves que requieren un diagnóstico precoz y un tratamiento específico para evitar daños irreversibles.
Confundir ambas patologías conduce a errores clínicos, tratamientos ineficaces y sufrimiento evitable. La buena noticia es que, con el conocimiento actual y un enfoque activo por parte del paciente y del sistema sanitario, es posible reducir de forma significativa el impacto de ambas enfermedades sobre la calidad de vida. Entender qué ocurre en el interior de la articulación es el primer paso para tomar decisiones informadas y abandonar la resignación ante el dolor.
Referencias bibliográficas
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